Escribir sin pensar. Como si las teclas fueran una extensión de mi cuerpo. Porque cuando pienso demasiado antes de escribir, pudiera ser que me censure. A la mierda con todo…
Estoy pensando…
Escribir sin pensar. Como si las teclas fueran una extensión de mi cuerpo. Porque cuando pienso demasiado antes de escribir, pudiera ser que me censure. A la mierda con todo…
Estoy pensando…
Debería volver a llevar un cuaderno de notas encima, como siempre hacía antes. Ahora que la memoria se conforma con esquemas vitales simples, las palabras se las lleva el viento, más que nunca. Quiero recordar que dije “no buscamos razones para redefinir nuestra vida, nos dejamos arrastrar por ella, y buscamos las razones que la justifican”.
También quiero recordar que hablamos de temas universales. Y que dijimos que realmente nos componemos de miles de puntos que no padecen de subjetividad, y que cada cual traza la línea según le parece para definirnos. Quiero recordar que me olvidé de todo lo ajeno por un momento, y solo existía la conversación.
Por eso lo escribo.
Parece que nunca nos entenderemos. Nuestros lenguajes son distintos. Una se marca objetivos que no podrá asumir (no quiero que los alcance antes que yo), y otra desmitifica sus grandes victorias (porque, para algunas personas, la humildad es minusvalorar sus propios logros delante de quien no los consiguió).
Los momentos están muy por encima de los lazos personales. Cada uno de los tres se guarda una parcela que sabe que los otros dos nunca entenderán. Solo se comunican las ideas comunes, que cada cual asiente con sus propias anécdotas. Pero en el fondo, comulgamos los tres. En ese breve espacio de tiempo. Nos dijimos cosas que no pronunciamos. Bonitas palabras invisibles.
Una rubia, otra morena.
Por lo que conté, bien podrían ser las Zipi y Zape en versión femenina, pero así no se hacen llamar.
Siempre he creído que la excepcional característica de la mente humana es la capacidad de superar límites. Después de dos cervezas, y tu acogedor silencio que permite paso libre a mi divagación extrema, las conclusiones son límites, y los conceptos, abstractas eternidades. Reconozco que nunca había jugado con los silencios, pues entendía que toda conversación es unificadora y tiende a encontrar el punto de convergencia entre los más distantes polos. Pero ahora soy demasiado ermitaño, ya no solo social, sino también personal. Y no me comparto entero, sino en cómodos fascículos. Es como un proceso de desintegración del yo en millares de bolas metálicas, desperdigándose en un cuarto cerrado y oscuro. Otros lo llamarían endurecimiento de la personalidad, o incluso desempatía.
Los mundos invisibles son algo parecido. Miles de puntos que por nunca acabar de ser descubiertos, a la fuerza deben padecer de belleza en los ojos del explorador.
Gentes, lugares y criaturas. Te pregunté si podía algo haber algo más. Y dijiste que todo estaba en esas tres palabras.
Adelante, explorador. Buscas para perderte más.